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La quinta columna de la yihad en Occidente

 

E

l Islam es hoy la religión que más deprisa crece en Occidente, y casi 20 millones de habitantes de la Unión Europea se confiesan musulmanes. Si la tendencia continúa, hacía 2020 los musulmanes serán el 10 por ciento de la población total de Europa, y pasarán de los diez millones en EE.UU. Esta población aumenta por la inmigración y una tasa de natalidad enorme que supera con mucho la de la población indígena.

Lo que sucede ahora no se parece a la ola de inmigración a EE.UU. que tuvo lugar en la década de 1880 y 1890. No fue clandestina, y no se basó en el supuesto derecho de los recién llegados a forzar a los ciudadanos de los EE.UU. a someterse a su religión y a matarlo si se negaban a hacerlo.

Nunca hubo ninguna ley de ninguna legislatura occidental invitando, menos aún obligando a los inmigrantes musulmanes a venir. “Lo que ocurrió no fue una inmigración, fue más parecido a una invasión llevada a cabo bajo el signo del secreto –un secreto que es perturbador porque no es manso ni doloroso, sino arrogante y protegido por el cinismo de los políticos que cierran un ojo o quizás incluso los dos.”

La mayoría de los emigrantes musulmanes inicialmente esperaban pasar sólo un periodo breve de sus vidas en el industrial Occidente. La antigua aversión a vivir entre infieles fue dominada por el señuelo de la oportunidad económica. En 30 años, la población musulmana de Gran Bretaña pasó de 82.000 a 2 millones. En Alemania hay cuatro millones de musulmanes, la mayoría turcos, y más de cinco millones en Francia, la mayoría norteafricanos. Hay un millón de musulmanes en Italia y otro en Holanda, y medio millón en España.

Casi un diez por ciento de los niños nacidos en la UE. son musulmanes. Con las crecientes cifras y la creación de barrios musulmanes en las ciudades occidentales, antes europeas, la separación inicial de la cultura del territorio ha sido invertida y la audaz noción de conquista por medios demográficos más que militares penetró en las mentes de los activistas. El proyecto original fue desarrollado hace más de veinte años, en 1981, cuando la Tercera Cumbre de la Conferencia Islámica de la Caaba adoptó la “Declaración de La Meca”. Afirmaba:

“Hemos resuelto llevar a cabo la yihad con todos los medios a nuestra disposición para liberar nuestro territorio de la ocupación.

“Declaramos que la opresión sufrida por las minorías y comunidades musulmanas en muchos países es un ultraje sangrante de los derechos y dignidad del hombre. Llamamos a todos los estados en los que hay minorías islámicas a permitirles la completa libertad.

“Estamos convencidos de la necesidad de propagar los preceptos del Islam y su influencia cultural en las sociedades musulmanas y por todo el mundo.”

En las siguientes dos décadas, cada semana se abría una nueva mezquita en algún lugar de Occidente. Por lo que respecta a los activistas de La Meca, esto no significaba que los musulmanes de esos países no estuvieran, sin embargo, “oprimidos”. En el Islam, las minorías musulmanas son oprimidas mientras que no se gobiernen por la sharia o ley islámica, que es la única “libertad completa” posible. Los firmantes de esta Declaración abiertamente oprimían a las comunidades no musulmanas de sus propios países, o les impedían siquiera que se establecieran.

El número de musulmanes de los EE.UU. ha aumentado tres veces desde la Declaración de La Meca, hasta unos tres millones. (Podemos ignorar, por ahora, las pretensiones hinchadas de seis, siete o incluso diez millones, hechas por varios activistas islámicos.) Ese número aumenta, mayoritariamente por la inmigración más que por la conversión. Ya cuando el primer ataque contra las torres gemelas en 1993, era evidente que el Islam beligerante tenía una base firme entre la diaspora musulmana de los EE.UU. Esa base ha aumentado en número, poder y confianza política en la década posterior.

Sin embargo, durante años el gobierno norteamericano ha sido incomprensiblemente laxo al permitir la entrada no sólo de cientos de miles de inmigrantes musulmanes –muchos de ellos de países considerados peligrosos o abiertamente enemigos de los intereses norteamericanos– sino también a defensores y propagandistas del Islam radical, o agentes de regímenes y organizaciones terroristas. Permitió a muchos terroristas y a sus colaboradores entrar en EE.UU. con visados de estudiantes obtenidos fraudulentamente que disimulaban su verdadero propósito. Otros vienen y van por breves periodos, incluyendo a clérigos y líderes de grupos islamistas radicales que vienen para dar conferencias organizadas por grupos militantes de los EE.UU. pero cuyo propósito verdadero es reclutar a nuevos miembros, recoger fondos, coordinar estrategias con otros líderes militantes, adoctrinar a nuevos “soldados de infantería” e incluso participar en sesiones de adiestramiento.

Una década y varios miles de vidas norteamericanas más tarde, el presidente Bush repitió la funesta convención durante una visita a una mezquita el 17 de septiembre:

“EE.UU. cuenta con millones de musulmanes entre nuestros ciudadanos y los musulmanes hacen una tremenda y valiosa contribución a nuestro país.”

Dos días después añadió: “Hay millones de buenos norteamericanos que practican la religión musulmana y que aman su país tanto como yo, que saludan a la bandera con tanta energía como yo.”

Quizá el Señor. Bush debería ver la película popular iraní “No sin mi hija”, en que un “papá” inmigrante asegura a su hija pequeña que es tan norteamericano como el pastel de manzana, pero que podría volver en cualquier momento a ser un musulmán tan estricto como un ayatollah. El señor Bush quiere creer la fantasía occidental de que todos los seres humanos son esencialmente consumidores –sumisos, materialistas, superficiales en religión y listos a ser llevados a la cooperación política por el sistema corriente de limosnas que es el moderno estado liberal– una suposición negada por casi toda la historia humana anterior a las dos últimas generaciones de occidentales.

Las consecuencias de este engaño han sido graves. A comienzos de 2000, los EE.UU. y Canadá se han convertido en el refugio de una amplia variedad de grupos terroristas islámicos internacionales y nacionales, que son la amenaza principal del terrorismo internacional en territorio norteamericano. Han llevado a cabo recogida de fondos, centros de operaciones políticas, reclutamiento militar y a veces incluso centros de mando y control. Todos los grupos terroristas islámicos actuaron en EE.UU., como Hamas, Hezbollah, el G.I.A. argelino, Al-Yamaat al-Islamiya egipcio, el Yihad islámico palestino, el Partido Islámico de Liberación, el PKK kurdo y Al-Qaeda. Todos comparten el punto de vista proclamado abiertamente por Siddiq Ibrahim Siddiq Ali, uno de los sospechosos del primer atentado contra el World Trade Center, durante su interrogatorio por el F.B.I.:

“Por supuesto, no olvidar que Dios dijo en el Corán, en épocas como ésta, que todo es lícito para el musulmán, su dinero, sus mujeres, sus privilegios, todo... Los infieles deben ser muertos... y el musulmán cuando muere, es el camino al paraíso. Es un mártir. Un musulmán nunca irá al infierno por matar a un infiel.”

La norma fue establecida en la década precedente, y tiene su modelo en el tawhid –la conquista musulmana de Arabia– y el fatah, las primeras conquistas musulmanas.

Entonces se difundió el concepto de “eludir la amenaza”, al-taqiya. Incitaba a los musulmanes a utilizar subterfugios para derrotar al enemigo. Se les conminó a infiltrarse en las ciudades enemigas y a plantar las semillas de la discordia y la sedición. La taqiya de nuestra época se refleja en los intentos de los activistas musulmanes de Occidente para presentar el Islam favorablemente dotado de tolerancia y paz, fe y caridad, igualdad y fraternidad. Los “-mal comprendidos musulmanes” nos dicen que la yihad es en realidad el “esfuerzo por Allah” y la “lucha interior”. Citan los versos mecanos abrogados y se callan los posteriores, los medineses. [...]

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Islam: El resultado

por Michael M. Stenton

 

Una crítica del nuevo libro del Dr. Serge Trifkovic The Sword of the Prophet: The Politically Incorrect Guide to Islam -- History, Theology, Impact on the World

Estamos divididos frente a un mundo mahometano, divididos en todas las formas, divididos por contiendas de naciones independientes separadas, por los intereses en conflicto de poseedores y desposeídos, y tal división no puede arreglarse, porque el cemento que unió nuestra civilización, el cemento del Cristianismo, se ha roto. – Hilaire Belloc

Ni los cristianos ni los judíos pueden afirmar que su religión siempre ha sido inocua. Lo que Serge Trifkovic defiende en The Sword of the Prophet, sin embargo, es que la materia prima de la que procede el Islam es muy peligrosa y siniestra, que la tradición bélica es peor que lo admitido por el influyente lobby de estudios islámicos, que la actual amenaza islámica es alarmante, y que el futuro ordena la vigilancia de los no-musulmanes. Al hacer eso, cuestiona la opinión de que todas las religiones son en cierto modo igualmente válidas (o inválidas). Toda teocracia, provista de una licencia escrituraria para la violencia es peligrosa, y el Islam es, y lo ha sido, casi sin interrupción, más teocrático que las religiones rivales. Los hombres y las mujeres nacidos en esta religión pueden merecer nuestra simpatía, pero no se les ayuda con un respeto ciego por el Islam. Suponer que no hay tal cosa como una falsa religión no es una concesión que harían los musulmanes.

Trifkovic será acusado de no comprender lo esencial, que las mayorías musulmanas no quieren lo que quieren las minorías violentas, de que la integración pacífica tiene un camino andado y  un futuro, y que nuestra exigencia inmediata es apartarnos del prejuicio cristiano. Esto es, al menos, equívoco. El prejuicio cristiano es poco más que un vestigio entre los occidentales. La historia de la coexistencia pacífica es demasiado breve, y está eclipsada por la historia de catástrofes humanas allí donde el Islam y otras religiones se han encontrado. Además, es propio de la religión que sean las minorías las que se la toman en serio, y es propio de la gente seria que sean capaces de dirigir a la gente ordinaria. Además, muchos occidentales rechazarán la exposición de Trifkovic sobre el Islam simplemente porque se niegan a tomarse la religión en serio.

Hoy, la religión ofrece señas de identidad en un mundo cuyas fuerzas dominantes se han vuelto contra el patriotismo. La predicación, el ejemplo del sacrificio personal, y la amenaza de la violencia –de musulmanes contra musulmanes– pueden imponer una nueva disciplina. Las comunidades musulmanas, incluso cuando están tranquilas, son vulnerables al proselitismo bien constituido que se basa en los ideales sagrados. El mito –y además la historia– de la expansión y la conquista religiosas logradas como respuesta militante a la persecución está fijado inalterablemente en la narrativa diaria del Islam.

El Islam es una religión nacida en la guerra y conformada por la guerra. Sus fieles alimentan su fe y su imaginación con esta retórica y extraen un sentido de destino manifiesto. El fiel no tiene idea del daño que la conquista islámica hizo a la civilización cristiana, que, gracias en parte al impacto del Islam, se hizo latina, no griega, en su centro. La destrucción del imperio bizantino fue una pérdida catastrófica que privó a muchas naciones jóvenes de su patrimonio y energía. En contraste, el relato pro-islámico de la expansión islámica –el aumento de la tolerancia a costa de un mundo cristiano que seguramente no quería resistir– es un entretenido ejercicio de islamo-progresismo. Una mezcla explosiva de pobreza, codicia de botín y excitación religiosa dirigió la expansión islámica –y esa combinación no está extinguida en ningún modo. Esta fuerza atacó los órganos vitales de tres civilizaciones. Las disposiciones islámicas siguieron una lógica muy secular: el Islam era legalmente soberano porque la elite árabe quería ventajas sociales y una solidaridad especial, y era tolerante porque la elite conquistadora no podía conservar el poder sin la tolerancia. Jerusalén bien valía una misa. Tanto la tolerancia como la intolerancia de la fórmula islámica servían a los fines del poder y la expansión.

Quizás la civilización islámica floreció mejor cuando el Islam era una religión minoritaria y los esclavos eran cultos, baratos y diversos. Después de siglos de vigor, la civilización islámica declinó. Muchos comentaristas occidentales sostienen que la religión envenenó su propia civilización, incluso aunque esto deja abierta la cuestión de por qué fue compatible con la alta cultura y la creación de riqueza al principio. Teóricamente, podría haber habido estados islámicos de otra clase que los que se volvieron moribundos, pero todos ellos se volvieron moribundos. El imperio otomano conquistó un importante territorio y poder pero, al fin, decayó tan profundamente que las naciones cristianas oprimidas se desarrollaron y, superándolo, se sacudieron la civilización islámica así como la tutela política otomana.

El Islam ha jugado un papel en la legitimación del imperialismo de los estados islámicos y su resistencia al imperialismo de Occidente. Incluso donde la resistencia ha fracasado, el Islam ha seguido ofreciendo forma e identidad al anti-imperialismo. El grito de yihad es común; la realidad, sin embargo, no lo es. El anticolonialismo después de 1945 tuvo todos los visos de deber más al nacionalismo secular que a la religión, aunque su combinación difícil era inevitable. Los británicos fueron quizá indebidamente cautelosos cuando se negaron a intervenir en 1924 para proteger La Meca y Medina de las bandas armadas saudíes que tomaron las ciudades sagradas en nombre del puritanismo wahhabí. Para una gran potencia secular, el recién extendido reino árabe saudita debió parecer un suceso de importancia local. Pero los ulemas wahhabíes, y los saudíes habían sido un peligro para la paz y la seguridad de toda la región desde 1801, cuando saquearon la ciudad chiíta de Kerbala y profanaron su santuario. Ningún otro régimen islámico ha sido tan amenazador ni tan ambicioso. Sin embargo, hasta después de 1945, cuando las compañías petrolíferas norteamericanas pagaron enormes sumas y publicidad favorable por negocios fabulosos, los saudíes no tuvieron buenas conexiones ni recursos financieros para sostenerse; y hasta que los presidentes Kennedy y Nasser no decidieron que estaban, bien mirado, uno contra otro no consiguió EE.UU. el apoyo de los saudíes.

Occidente terminó por rendirse a la OPEP en 1973, – una rendición en parte fabricada por la diplomacia estadounidense – y así abasteció a Arabia Saudita con recursos inmensos para invertir en el proselitismo wahhabí y en el prestigio islámico. EE.UU. respaldaba al Islam, en su variante menos atractiva, porque era conveniente cuando el problema estratégico parecía ser el comunismo. La revolución islámica de 1979 en Irán hizo que este respaldo pareciera incluso más urgente, y la yihad en Afganistán llevó a un respaldo militar y organizativo de los EE.UU. La tutela de Washington del fanatismo wahhabí nos dice mucho no sólo de la raison d’état de occidente, sino de la docilidad de la prensa de masas y de la televisión en la sociedad moderna. Europa pagó el petróleo de la OPEP con discreción política –a veces con servilismo– que luego significó la edificación de los palacios, aeropuertos, fuentes, ostentación y armas muy caras de Arabia Saudita.

Se podría sostener que el problema del radicalismo islámico no procede del mismo Islam sino que sólo refleja la naturaleza de las grandes potencias y el oportunismo de los fanáticos. Pero el Islam ha rebasado sus orígenes y no puede ser respondido si somos demasiado educados o estamos tan asustados para ver la religión como ideología (4). Teniendo en cuenta el ataque contra la Unión Soviética, el reto a los EE.UU. y los ataques continuos contra Rusia, China y la India, debemos concluir que la yihad islámica plantea una amenaza significativa al mundo. El Islam está mucho más cerca del dominio del mundo que nunca antes el mundo musulmán está experimentando un resurgir del proselitismo islámico, en un momento en que todavía está en un estado vulnerable y sugestionable: después de generaciones de marginalidad, la agitación islámica se ha convertido en la canción principal en muchos países. El trabajo de las organizaciones de ayuda es muy importante: las mezquitas de Occidente no se construyen solas. Lo que se ha hecho en Argelia y Egipto, así como en EE.UU. y en Inglaterra será ahora difícil de deshacer.

Entre las grandes potencias mundiales, ya no hay Estados cristianos ni estados instintivamente seculares excepto China. Las potencias occidentales confunden religión y tolerancia; están atrapadas por fórmulas y tradiciones que no pueden manipular con la confianza de la verdadera fe. Pero cualquier estado con ciudadanos musulmanes debe afirmar el derecho de intervenir en la religión, de ser un filtro contra el fanatismo teocrático y de ser sostén de la moderación. Los chinos puede que vayan demasiado lejos en este aspecto, pero entienden bien el terrible precio de la guerra religiosa, y están oportunamente vigilantes.

El problema del Islam en Occidente plantea cuestiones que solemos dejar sin decidir: por ejemplo, si nuestros valores públicos y educativos son estrictamente seculares; si el púlpito puede ser censurado; y cuál es el legítimo poder del dinero extranjero. La presencia del Islam nos fuerza a resolver estos conflictos. Somos perfectamente capaces de acosar a los musulmanes en el nivel duramente policial mientras que somos abiertamente tolerantes del fanatismo religioso. No hay un consenso occidental – y no hay ciertamente una magistratura sabia– para disponer las disputas que los políticos evitarán y los gobiernos se negarán a juzgar.

Los cristianos y los secularistas occidentales forman dos sectas subordinadas a la religión dominante post-cristiana. La creencia intermitente en una deidad enigmática es una parte opcional de esta fe, que incluye cierto respeto obligatorio de algunos aspectos escogidos del cristianismo, expresados con evaluaciones positivas de la democracia, la verdad, la belleza, la tolerancia y el odio de la crueldad. Los orígenes antitradicionales de este post-cristianismo, su estatus inacabado, sus intuiciones y su hambre evangélica de nuevos problemas hacen de ello, en principio, una religión radical. Incluso ha penetrado las denominaciones cristianas con su humanismo contaminado. Y sus divulgadores no otorgarían fácilmente que fracasarían con los “musulmanes ordinarios” si tuvieran media oportunidad. El grito liberal, post-cristiano, ya se ha levantado: Islamofobia es la nueva caza de brujas. La última cosa que el moderno latitudinario desea hacer es empezar un combate con quien cree que debería ser domesticado y acogido.

El post-cristianismo y el Islam comparten groseramente la misma perspectiva teológica de Cristo. La atracción del Islam por los post-cristianos ideológicos es que su existencia implica, con más fuerza que cualquier argumento, que el cristianismo es innecesario incluso si uno desea ser monoteísta, devoto y preocupado con el día del juicio. La misma existencia de un rival religioso aceptable de la universalidad de la Iglesia aporta un argumento subversivo de fuerza duradera, que, aunque muy antiguo, sigue siendo inyectado en el flujo vital de Occidente mientras el particularismo y el parroquialismo occidentales son demolidos.

La fe post-cristiana cultiva la noción de una simbiosis amistosa con las comunidades islámicas. Pero este deseo de acomodación, y las dificultades que le acompañan, llevarán a la confusión moral, ausente una conciencia instruida de las artimañas del Islam. En particular, debería comprenderse claramente que el Islam no tiene la misma distinción entre religión y sociedad como Occidente (en caso de que tuviera alguna), así que el ofrecimiento para tolerar el Islam será interpretado por algunos musulmanes como si fuera más allá de lo que los occidentales consideran convencionalmente “tolerar” la religión. Mientras que aun no es objeto de controversia afirmar eso, debemos insistir que la sharia no puede ser válida en las sociedades occidentales como un corpus de derecho aplicable a los ciudadanos musulmanes, y aun menos a los no musulmanes.

La afirmación más sorprendente de The Sword of the Prophet es que la versión extrema de la elite estadounidense de la religión post-cristiana se inclina más agresivamente contra la cristiandad histórica que contra cualquier otra religión de Occidente y que podría incluso formar una asociación con el Islam. Un proceso cultural de esta especie puede estar funcionando ya. Reírse de la idea es olvidar nuestra historia reciente: una yihad dirigida por EE.UU. en Afganistán; la alianza secreta de EE.UU. con los revolucionarios islámicos en Bosnia; y el respaldo norteamericano de los talibanes hasta 1988. los motivos de estas intervenciones han sido notoriamente seculares, pero había algo excesivo y enorme detrás. Incluso si los motivos de los revolucionarios islámicos no son exclusivamente religiosos, ¿podemos decir que el instinto moral de los políticos de Washington es exclusivamente secular? Es legítimo preguntarse si alguna premonición de una nueva religiosidad afectó a la rectitud de los cruzados que llevaron a la OTAN a la guerra de Kosovo.

Una cuestión última: los musulmanes agraviados de que el violento Occidente acuse al Otro islámico de violencia intrínseca tienen un motivo. El mundo islámico tiene razón de estar enojado por la sacudida de la posguerra fría de Occidente en busca de cruzadas tecnológicas. Una vez que una opinión-fatwa se publica en Washington, los medios de comunicación se agitan con fervor militar y regusto militar, los satélites y académicos ajustan sus órbitas y carreras, y las bombas comienzan a caer. Este es el moderno Occidente cabalgando el caballo de su supremacía. Es justamente porque la globalización bélica se vuelve más violenta y mejor armada que nunca, espoleada por el ataque de Nueva York, que es urgente pensar más a la defensiva sobre el Islam. Por supuesto, nuestra alternativa es obrar más moderadamente en el mundo. Pero nos dicen que esto sería inmoral, que el crimen debe ser castigado en todo tiempo y lugar, para que ningún tirano pueda dormir a gusto en su cama temiendo el avance de los estandartes del Nuevo Orden Mundial, en el que bombas inteligentes y abogados listos anuncien el Reino de la Justicia. El nuevo evangelio destruye la ley antigua: ¡Que las naciones tiemblen ante la Nueva Verdad y sus misiles! El fundamentalismo global, sazonado un poco con el interés norteamericano, es capaz de ser al mismo tiempo y religioso. Algunos pueden decir: “Pero esto no es el Cristianismo”. Es más cierto decir eso que decir, en caso paralelo: “Pero esto no es el Islam”. Pero no estamos tratando del cristianismo sino de lo que la civilización cristiana se ha convertido. Los que marcan la pauta de Occidente han expresado su religión post-cristiana arrumbando la prudencia y todo sentido de los límites geográficos con su obstinación por hacer del mundo un lugar a tiro para el fusil. Los revolucionarios islámicos han hecho lo mismo. La negativa a ser prudentes al tratar con una religión peligrosa ha condenado a los soldados occidentales a llevar a cabo extrañas guerras lejos de sus hogares y nos ha obligado a tolerar ambiciones globales, queramos o no.

Esta es la yihad moderna, la yihad occidental, que se ha formado y crecido desde 1989, y tiene su propio cuerpo creciente de jenízaros políticos, ghazis militar-industriales y jurisconsultos fundamentalistas....

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La espada del profeta

 

En los primeros y segundos capítulos Serge Trifkovic examina la vida de Muhammad y la creación del Corán.

En el tercer capítulo, "Jihad interminable", subraya la crónica sobre la extensión del Islam en los últimos mil años, ocasionando la devastación el sufrimiento humano y la pérdida cultural masiva de la innovación que arrastro consigo. Este capítulo, más que cualquier otro, es la refutación más salvaje de personas que insisten que el Islam es "tolerante" o una "religión de la paz". Nunca, a lo largo de su historia, el Islam se acercó a nada que se pueda llamar tolerancia o pacifismo, y todos los que se hallan molestado en leer realmente la historia lo saben.

El cuarto capítulo, muestra la misoginia Islámica, el uso de la esclavitud a través de los siglos (todavía en práctica hoy), y desacredita la afirmación ridícula que existió un "siglo" de "oro" del Islam.

El quinto capítulo, describe las tentativas tristes y patéticas de aborrecer a los intelectuales (muchos de los que están en posiciones poderosas e influyentes) en la Norteamérica y Europa Occidental esto surge de la necesidad imperiosa por derribar otras tradiciones y otras creencias.

En el sexto y último capítulo, pinta una imagen desolada de Europa Occidental y menor de Norteamérica como países que se niegan a abrir los ojos a una cultura que es incompatible con los ideales Occidentales de la democracia y derechos humanos.

¡La guerra ha sido declarada en Occidente a todos los "infieles"! por un millón de musulmanes radicales, y muchas personas no saben ni quieren reconocer que hay un problema!

 

Parece ser que la idea preponderante de aquellos que se hallan en las altas esferas de nuestros gobiernos, es que la religión Islámica puede separarse del terrorismo Islámico. Esta idea ignora por completo la historia del Islam y su guerra con el Cristianismo tanto en Oriente como en Occidente. Asume que las declaraciones políticas hechas por los jefes de estado en las naciones Islámicas reflejan los sentimientos del pueblo de esa nación.

 

Asume que la religión es un asunto "desapasionado" en el mundo Islámico, de la misma manera que se ha vuelto un asunto "desapasionado" en el mundo Occidental. Asume que la mayor parte de Musulmanes ven a los terroristas como "herejes" de la fe Islámica verdadera. Supone que los Musulmanes "Occidentalizados" han reflexionado profundamente en la verdadera fe Islámica. Todas estas suposiciones en última instancia, revelarán ser falsas, pero solo después que hayamos pagado un tremendo precio.

 

Recomiendo a mis lectores el libro de Serge Trifkovic La Espada del Profeta. Se ha hecho referencia a este libro como "La Guía Políticamente Incorrecta hacia el Islam." Examina la historia, teología e impacto del Islam en el mundo. Si creen ustedes que el Islam tradicional histórico y ortodoxo ha sido mal representado por Osama Bin Laden, necesitan leer este libro. Creo que esta cita de la contraportada del libro describe la situación en que nos enfrentamos aquí en los Estados Unidos.

 

Escuchamos decir: 'El 11 de Septiembre cambió América para siempre.' Con menos frecuencia oímos una explicación coherente de qué es lo que exactamente cambió. Lo que cambió, de hecho, fue que por primera vez en la historia Americana hemos sido forzados a confrontar la militancia Islámica tal y como ellos han arremetido contra el resto el mundo por casi 14 siglos."

 

Contrariamente a la idea que a menudo se presenta de la fe Islámica Osama Bin Laden, es representativa de la mayor parte del mundo Musulmán. Pensar que Bin Laden solo representa una pequeña minoría dentro de las naciones Islámicas ignora buena parte de la evidencia del contrario. Las encuestas indican que un gran porcentaje de personas en Arabia Saudita y Pakistán apoya a Bin Laden.

 

Numerosas mezquitas en países Islámicos exhiben la foto de Bin Laden como héroe de la fe. Desde los eventos del 11 de Septiembre el nombre Osama ha conseguido un status favorable entre los nombres para los varones recién nacidos en los estados Musulmanes. Todo esto es un indicativo de la perspectiva que la mayor parte de Musulmanes tienen, excepto aquellos que se han Occidentalizado, de los terroristas Islámicos. Ellos no son vistos - por parte de la mayoría - como una aberración de la fe, sino como fieles seguidores del Corán. Esto se hará bastante obvio con el curso del tiempo. La historia del Islam, comenzando con Mahoma, revela que se ha diseminado principalmente, aunque no exclusivamente, por medio de la espada. Ignorar esta verdad es ponernos en peligro en el mundo Occidental. El concepto de la "Jihad" se halla profundamente engranado en la cosmovisión Islámica. Son portadores de un mandamiento por parte de Alá de poner al mundo sumiso ante Él, sea por la persuasión o por coerción. Las exhortaciones del Corán para los creyentes de aniquilar a los infieles, confiscar su tierra y su propiedad, tomar sus mujeres y esclavizar a sus hijos son bastante explícitas (Corán 5:33; 9:5).

 

Trifkovic hace este comentario: "El Islam no debiese ser culpado por lo que es, ni debiesen sus partidarios ser condenados por mantener sus tradiciones. No debiésemos odiarlo ni prohibirlo. Sin embargo, debiésemos culparnos nosotros mismos por negarnos a reconocer los hechos del caso y de no hacer una evaluación de nuestras opciones. La gente no tomó en serio a Mein Kampf, para su propio riesgo." Mientras nosotros, en el Occidente "Cristianizado," nos hemos secularizado y alejado de nuestras raíces, el mundo Islámico está viendo un renacer de la fe. Están rechazando los intentos del mundo Occidental de secularizarles y están regresando a las enseñanzas del Corán.

 

Los así llamados "Musulmanes militantes radicales" son en realidad aquellos que están tomando su fe con pasión y con seriedad. Es interesante, pero esto ha sido una causa de atractivo para algunos occidentales. Ha habido una ola de conversiones al Islam en el mundo Occidental desde el 11 de Septiembre, especialmente entre los jóvenes blancos adinerados. El hecho de que Bin Laden y otros como él están dedicados a una causa más grande en la vida que visitar el centro comercial, comprar un coche nuevo y mirar televisión soporífera, parece tener una atracción. La decadencia del Cristianismo en Occidente ha dejado un vacío que el Islam ha estado más que dispuesto a llenar. Esto nos recuerda lo que ocurrió en los años 1960's, con el surgimiento del Marxismo en nuestras universidades.

 

Como conclusión, permítanme citar de la introducción de “La Espada del Profeta”. "La tragedia del 11 de Septiembre del 2001 y sus secuelas han mostrado, una vez más, que las creencias tienen consecuencias; es imposible negar la posición central del Islam en los ataques. Sin embargo, nuestros especiañistas de opinión, inflexibles en sus suposiciones ideológicas seculares y liberales, lo niegan. Ellos no toman la religión seriamente. En lugar de considerar el complejo problema de la relación entre el Islam, occidente y el resto, nos aseguran que no existen problemas 'religiosos'... Sus afirmaciones sobre la supuesta distinción entre el 'verdadero Islam' y sus violentas aberraciones eran rudimentariamente ideológicas, basadas en su simple convicción de que todas las creencias - teniendo iguales privilegios legales - deben, en algún sentido, ser igualmente buenas, 'verdaderas' y, por lo tanto, capaces de elogiarse las unas a las otras en el espíritu de la tolerancia.

 

Tales afirmaciones no pueden cambiar la realidad. Existe un problema. El Islam no es solamente una doctrina religiosa; es también una perspectiva auto-contenida del mundo, y una manera de vivir que afirma la alianza esencial de todos aquellos que se llaman a sí mismos "Musulmanes."

 

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EL NEOCONSERVATISMO

Donde Trotsky se encuentra con Stalin y Hitler

A menudo los neoconservadores son descritos como ex Trotskistas que se han transformado en una nueva forma de vida. Se señala que muchos neoconservadores tempraneros, incluyendo al fundador de El Interés Público Irving Kristol y el co-editor Nathan Glazer, Sydney Hook y Albert Wohlstetter pertenecieron a la lejana izquierda anti-Stalinista a finales de los 1930s y principios de los 1940s, y que sus sucesores, incluyendo a Joshua Muravchik y Carl Gershman, llegaron al neo-conservatismo a través del Partido Socialista en un momento que era Trotskista en perspectiva y en política. Tan temprano como 1963 Richard Hofstadter comentó sobre la progresión de muchos ex Comunistas de la izquierda paranoica a la derecha paranoica, adhiriéndose mientras tanto a la psicología fundamentalmente Maniquea que subyace en ambas. Cuatro décadas más tarde se declara que la veta dominante de neo-conservatismo es una mezcla de militarismo geopolítico con un ‘internacionalismo socialista invertido.’

Las descripciones globales de los neo-conservadores como Trotskistas rediseñados necesitan ser corregidas a favor de un análisis más matizado. En varios aspectos importantes el panorama mundial neoconservador se ha separado del Trotskista y ha adquirido algunas similitudes asombrosas con el Stalinismo y con el Nacional Socialismo Alemán. Los neoconservadores de hoy comparten con Stalin y Hitler una ideología de socialismo nacionalista e imperialismo internacionalista. Las similitudes merecen un escrutinio más cercano y pueden contribuir a un mejor entendimiento del grupo más influyente en la comunidad Estadounidense relacionada con la determinación de la política exterior.

 

Permanecen ciertas diferencias importantes, de manera notable la hostilidad de los neoconservadores no solamente a la teoría Nazi de la raza sino incluso al entendimiento más benigno de la coherencia nacional o étnica. En la superficie, también hay evidentes diferencias en el campo de la economía. Sin embargo, la glorificación neoconservadora del libre mercado es más retórica, diseñada para aplacar a los hombres de negocio que les financian, que realidad. De hecho, los neoconservadores no favorecen la libre empresa sino un tipo de capitalismo de estado – en el contexto del aparato global del Banco Mundial y del FMI – que Hitler hubiera apreciado.

 

Alguna forma gradual, pero irreversible y deseable, de marchitamiento del estado es un principio clave de la perspectiva teórica Trotskista. Los neoconservadores, en contraste, son estatistas por excelencia. Su creencia medular – que la sociedad puede ser manejada por el estado tanto en su vida política como económica – se halla igualmente en desacuerdo con la perspectiva tradicional conservadora y con la Izquierda no Stalinista. En este importante aspecto los neoconservadores se hallan mucho más cerca al Stalinismo y al Nacional Socialismo. Ellos no quieren abolir el estado; quieren controlarlo – especialmente si el estado que controlan es capaz de controlar a todos los otros. No son ‘patrióticos’ en algún sentido convencional del término y no se identifican a sí mismos con la América real e histórica sino que miran a los Estados Unidos meramente como el organismo huésped para el ejercicio de su Voluntad de Poder. Mientras que la tradición política Americana ha tenido su mirada fija en los peligros del poder estatal centralizado, en la conveniencia del gobierno limitado y la no-intervención en los asuntos externos, los neoconservadores exaltan y adoran el poder estatal, y quieren que los Estados Unidos lleguen a convertirse en un hiperestado para llegar a ser una hegemonía global efectiva. Aún cuando respaldan el gobierno local es sobre la base que este es más eficiente y receptivo a las demandas del Imperio, no sobre bases Constitucionales.

 

La visión neoconservadora de los Estados Unidos como una nación híbrida e “imaginada” tuvo un ardiente partidario hace ocho décadas: en Mein Kampf Adolfo Hitler argumentaba a favor de una nueva Alemania, fuertemente centralizada invocando el ejemplo de los Estados Unidos y el triunfo de la Unión sobre los derechos de los estados. Él concluyó que “el Nacional Socialismo, como una cuestión de principio, debe afirmar el derecho a hacer valer sus principios sobre toda la nación Alemana sin consideración a las fronteras estatales federadas previas.” Hitler iba a hacer una nueva Alemania a la manera que él la imaginaba, o sino la destruiría. En la misma línea los escritores del Weekly Standard son “patriotas” solamente en tanto que la América que imaginan sea una herramienta acomodaticia para su diseño global. Su búsqueda incansable de un Imperio Americano más allá de las fronteras está asociada con su deliberada transformación doméstica del gobierno federal de los Estados Unidos para convertirlo en un Leviatán que no esté limitado por las restricciones constitucionales. Las líneas que insertaron en el discurso del Presidente Bush sobre el Estado de la Unión en Enero pasado resumieron acertadamente sus obsesiones Mesiánicas: el llamado de la historia ha llegado al país correcto, ejercemos poder sin conquista, y nos sacrificamos por la libertad de extraños, sabemos que la libertad es el derecho de cada persona y el futuro de cada nación: “La libertad que valoramos no es el don de los Estados Unidos para el mundo, es el don de Dios a la humanidad.”

 

Tal megalomanía se halla apenas unos pocos años de distancia de una apreciación patriótica de la nación de uno. Una búsqueda psicótica de poder y dominio es la fuerza impulsora, y el discurso “nacionalista” es su justificación. La realidad está visible en la angustia última: Hacia finales de la Segunda Guerra Mundial Josef Goebbels daba la bienvenida al bombardeo Aliado por su destrucción del antiguo reloj cucú burgués y el mazapán Alemán de los principados feudales. Dirigido por el mismo impulso, la psicosis de “grandeza nacional” de Bill Kristol busca erradicar la antigua América localizada y descentralizada de las salas de bingos y de los juegos de pequeñas ligas.

 

La mayor parte de los herederos de la Izquierda Trotskista son internacionalistas y globalistas de un solo mundo, mientras que todos los neoconservadores son imperialistas impertérritos. Los primeros son partidarios del “multilateralismo,” en la forma de una emergente “comunidad internacional” controlada por las Naciones Unidas o a través de una transferencia gradual de prerrogativas soberanas a grupos regionales ejemplificados por la Unión Europea. En contraste, la insistencia neoconservadora del control físico desinhibido de otras tierras y pueblos trae a la memoria el Nuevo Orden Europeo de hace seis décadas, o la “Comunidad Socialista” que la sucedió en Europa Oriental. Incluso cuando demandan guerras para exportar la democracia, el término “democracia” es usado como un concepto ideológico. No significa una amplia participación de ciudadanos informados en el negocio del gobierno, pero denota el contenido deseable, social y político, de decisiones en apariencia populares. El probable proceso para producir resultados indeseables “un gobierno Islámico en Irak,” – digamos – es un a priori “antidemocrático”.

 

Aunque la Izquierda Trotskista es predominantemente anti-militarista, los neoconservadores son entusiastas militaristas en una manera que recuerda el totalitarismo Alemán y el Soviético. Su doctrina estratégica, convertida y promulgada como política oficial, requiere de un fortalecimiento militar indefinido y masivo sin conexión con alguna amenaza militar identificable para los Estados Unidos. Sus escribas demandan un “involucramiento de los ciudadanos,” de hecho, la militarización de la población, pero el concepto tradicional del “soldado ciudadano” ha sido revertido. Su meta es hacer que jóvenes Americanos debidamente indoctrinados vayan y arriesguen sus vidas no por el honor y la seguridad de su propio país, sino por las misiones que han de ser tergiversadas delante del público (e.g. la no existentes Armas de Destrucción Masiva Iraquíes) con el propósito de hacerlas políticamente aceptables. Como Gary North ha señalado, la política exterior neoconservadora es armas ante mantequilla: La mantequilla siempre va después de las armas, pero se considera el precio ineludible de la presencia regional Americana en el extranjero.

 

A los neoconservadores profundamente arraigados les desagradan las sociedades tradicionales, los regímenes y la religión del continente Europeo, particularmente Rusia y los Eslavos de Europa del Este, lo cual es positivamente Hitleriano. El sentimiento fue manifestado de la forma más evidente en la guerra de la OTAN, de 1999, contra los Serbios: El ruego indirecto de William Kristol a “aplastar los cráneos Serbios” se abrió camino más allá del slogan Vienés “Serbien muss sterbien” de 1914. Sin embargo, en términos de significación estratégica para los Estados Unidos, la Rusofobia visceral de los neoconservadores es mucho más significativa. En el período subsiguiente a la Guerra Fría los neoconservadores han seguido considerando a Moscú como el enemigo, respaldando entusiastamente a los separatistas Chechenos como “luchadores por la libertad” y abogando por la expansión de la OTAN. Su atavismo es comparable a la obsesión de Hitler con Rusia, una animosidad que igualmente no estaba relacionada con la naturaleza de su régimen. Es solo asunto de tiempo antes que los neoconservadores comiencen a defender un nuevo Drang nach Osten, en la forma de una rebatiña, dirigida por América, hacia Siberia.

 

La mentalidad neoconservadora es apocalíptica (lo que es un rasgo Nazi y Stalinista), más bien que utópica (lo que caracteriza a la Izquierda Trotskista). El reemplazo de la amenaza Soviética con el más amorfo “terrorismo” refleja la mentalidad revolucionaria del tipo “Día del Juicio” que nunca puede hallar reposo. Se tendrán que tramar nuevas misiones y nuevas guerras, y se tendrán que construir pretextos, con la misma sutileza que caracterizó el “ataque” de la estación de radio Alemana en Gleiwitz el 31 de Agosto de 1939. Incluso las herramientas para hacer valer el consentimiento doméstico no son diferentes: la Ley Patriótica que siguió a los ataques del 9-11 se pasó sin problemas de la misma forma en que la suspensión de la constitución de Weimar siguió al fuego del Reichstag. Haciéndose eco del dinamismo revolucionario y del Mesianismo historicista igualmente común a fascistas y comunistas, Michael Ledeen escribió que “la destrucción creativa” es la eterna misión Americana, tanto en casa como en el exterior, y la razón por la cual los “enemigos” de América la odian: “No se pueden sentir seguros en tanto que estemos allí, pues nuestra misma existencia – nuestra existencia, no nuestra política – amenaza su legitimidad. Deben atacarnos para sobrevivir, así como nosotros debemos destruirles para hacer avanzar nuestra misión histórica.”

 

La aparente falacia de los neoconservadores en la tergiversación de la crisis Iraquí ante el pueblo Americano recuerda el “enfoque de aguja hipodérmica” Goebbelsiano a la comunicación, en el que el objetivo del comunicador era “inyectar” sus ideas en las mentes de la población que se tenía como blanco. “¿Por qué, claro, es que la gente no quiere guerra?” decía Goering cuando todo había acabado, en su celda de prisión en Nuremberg en 1946:

 

¿Por qué querría algún pobre en una granja arriesgar su vida en una guerra cuando lo mejor que puede sacar de ella es regresar a su granja sano y salvo? Pero, después de todo, son los líderes del país quienes determinan la política y siempre es un simple asunto de llevar a rastras a la gente, ya sea una democracia o una dictadura fascistas o una dictadura comunista... Eso es fácil. Todo lo que tienen que hacer es decirles que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y exponer al país al peligro. Funciona de la misma manera en cualquier país.

 

En verdad así es. La observación de Goering se hace eco en nuestro tiempo por la máxima Straussiana de que es necesario el engaño perpetuo de los ciudadanos por parte de aquellos que están en el poder porque necesitan ser dirigidos, y necesitan que se les diga lo que es bueno para ellos. En esto, al menos, Trotsky, Stalin y Hitler estarían todos de acuerdo. (Como Hitler había dicho, “Los poderes receptivos de las masas son muy restringidos, y su entendimiento es débil.”) En la mentalidad Straussiana-neoconservadora aquellos que están capacitados para gobernar son aquellos que se dan cuenta que no hay moralidad y que hay solamente un derecho natural, el derecho del superior para gobernar sobre el inferior.

 

Esa mentalidad es enemiga de los Estados Unidos. Es la mayor amenaza que existe hoy para el orden constitucional, la identidad y estilo de vida de los Estados Unidos. Sus partidarios solamente han modificado el paradigma del materialismo dialéctico con el objetivo de seguir en pos del mismo sueño escatológico, el Fin de la Historia carente de Dios. Están a la búsqueda del Poder por el poder mismo – pecando de este modo contra Dios y contra el hombre – y el fin de esa búsqueda demente será el mismo que el fin del imperio Soviético y de los Mil Años del Reich.

 

 

¿En qué se diferencia el terrorismo islámico de otras formas de terrorismo?

 

 

Trifkovic tiene algo que decir sobre esto. Aunque no es alguien a quien yo llamaría libertario, y este análisis suyo tiende a ir un poco lejos en algunos puntos para mi gusto, creo que acierta en términos generales en este tema. Mi resumen: Trifkovic dice que la diferencia radica en que todas las demás formas de terrorismo se dan como instrumento para el logro de objetivos ulteriores. En cambio, con el Islam el terrorismo no es sólo un instrumento, sino el núcleo mismo de su política. En sustento de ello aduce la condonación y hasta exhortación de la violencia que se halla en los textos del Korán y el Hadith, además de los trece siglos de historia de praxis islámica. La gente que aún discute sobre el carácter “pacífico” del Islam, dice Tirfkovic, sufren el mismo esquema mental de aquellas personas que hace 50 años eran apologistas de Stalin, o de los que hace 30 años decían que el experimento de Mao era no más que la antesala a un mejor futuro. Es la misma mentalidad de apaciguamiento que existía en Europa aún después del Anschluss (anexión de Austria por Hitler) en 1938.

 

En Escandinavia hay actualmente una epidemia de violaciones a mujeres suecas, danesas y noruegas, perpetradas por inmigrantes musulmanes (muchas veces menores de edad). Y sin embargo, los movimientos feministas no dicen nada sobre la ola de violaciones ni sobre la identidad de sus perpetradores. La razón es que la Izquierda ve al Islam como un aliado en la lucha por la destrucción de los vestigios de la civilización occidental y sus valores cristianos, con la esperanza de que cuando su utopía totalitaria haya sido lograda, podrán entonces disponer más fácilmente del Islam.

 

Uno de los clichés repetidos hasta la saciedad sobre la naturaleza “pacífica” y “tolerante” del Islam es que creen en el mismo Dios que los cristianos y judíos, y que sienten un respeto por estas religiones como “las gentes del Libro”. Lo cierto, sin embargo, es que esta tolerancia hacia las “gentes del Libro” viene condicionada a que éstas acepten ser tratados como ciudadanos de segunda categoría en aquellos países de mayoría musulmana. Es decir, siempre que acepten tal humillación y el pago de un impuesto especial para permitírseles practicar sus religiones, se les garantiza su seguridad, mas no iguales derechos.

 

Lo que se conoce como la “era dorada” del Islam ocurrió más a pesar de éste, que a su consecuencia de. Ligar el breve florecimiento de las artes y las ciencias en Bagdad y en Córdoba a la “naturaleza benévola” del Islam es como decir que el alto nivel académico de Pushkin o de Tolstoy en Moscú en la década de 1950 era un resultado del estalinismo y el materialismo dialéctico, o que la excelencia de la Filarmónica de Berlín bajo la conducción de Furtwaengler a fines de la década de 1930 era consecuencia del nazismo. Luego de ese breve período histórico ofreció muy poco al mundo, ya en la esfera de las ideas ya en cuanto a producción material, a pesar de su posición geográfica única de puente entre civilizaciones.

 

El problema no puede resolverse simplemente con la importación al Islam de la tecnología y el conocimiento occidentales, mientras se mantenga la vieja mentalidad. Ya lo hemos visto con la Turquía Otomana en el Siglo XIX. Se trajeron ingenieros y médicos occidentales para entrenar a los jóvenes estudiantes turcos, pero éstos jamás pudieron más que reproducir mecánicamente lo ya enseñado por aquéllos. No pudieron producir nada nuevo a partir de allí. El problema se mantiene insoluble hasta nuestros días. La disciplina, cohesión, ingenio y prosperidad del mundo cristiano están arraigados en ciertos aspectos de la psique occidental que no pueden ser fácilmente transplantados.

 

 

Compañero-viajeros: La economía política marxista clásica encontró la dinámica de la revolución en el conflicto inevitable entre los dueños de los medios de la producción y el proletariado que no tiene nada vender solamente su trabajo y nada de perder pero sus cadenas. El sistema era uno mismo - de referencia y por lo tanto fatal estropeado; pero en el siglo de fines del siglo diecinueve se parecía poseer un grado cuasi - de neatness científico. Últimas - los revolucionarios marxistas del día van más allá de cualquier variedad reconocible de materialism dialéctico, sin embargo, introduciendo un concepto enteramente metaphysical del victimhood y un arsenal de especial asociado - demandas de las derechas que han trabajado tales maravillas para el Islam por todas partes el mundo occidental. Las poblaciones de la mayoría de Europa y de América, en este insano pero todo - paradigma penetrante, son culpables de la opresión por su misma existencia y no deben protestar el migratorio.

 

 

Carta de Alemania: un discreto y moderado Drang

 

Resulta que el día que ocho países del centro-este europeo (CEE) - Polonia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia y Lituania- junto a Chipre y Malta, se agregaron a la Unión Europea. Ningún signo exterior demostraba que, literalmente en un solo día, la capital de Alemania había dado un paso gigantesco para convertirse en el centro geográfico, político y económico de la Unión Europea.  Tampoco había dudas de que en efecto esto es lo que había pasado.  "Un discreto y moderado Drang", comentó un veterano periodista inglés, "pero un Drang".

 

La expansión incrementó en 20% la población de la UE (ahora es de 450 millones de habitantes), y el mercado interno se incrementó en un 25%.  Pero el PBI de la Unión Europea expandida apenas si subirá un 5%.  Los PBI combinados de los diez nuevos países corresponde al de Holanda, que contiene un quinto de su población.  Los beneficios que los nuevos miembros obtendrán de la incorporación son más inciertos que lo esperado.  La antigua creencia de que "Europa" significaba el levantamiento de las barreras (económicas, físicas y culturales) se combina ahora con la inquietud ante la intervención burocrática de una Bruselas hipercentralizada.  Se teme que la imposición de miles de nuevas reglamentaciones de la Unión Europea operen en contra de los productores al Este de la línea Oder-Neisse [límite germano-polaco, N. del T.], que operan con tecnologías inferiores, a bajos costos y con hambruna financiera.  Por ejemplo, las normas de producción alimentaria reflejan las estrictas reglas vigentes en los países "núcleo", como el Benelux, Francia y Alemania, debido a que los productores pueden absorber el costo de estas reglamentaciones en los precios que sus clientes pueden pagar.

 

En cambio, los consumidores de Europa Central y Oriental no pueden pagar los altos precios que corresponden a la introducción y sostenimiento de esas normas.  Según estimaciones de la Unión Europea, una vez que el país sea enteramente absorbido por la UE, de los dos millones de granjeros independientes que hay en Polonia solamente quedarán 100.000 [Merecido se lo tienen, agrega el traductor, por haber sido los más entusiastas promotores de la caída del régimen socialista y por su apoyo al anticomunista papado Wojtyla].  En Eslovaquia, ya han perdido sus empleos 3000 trabajadores de la industria láctea, porque sus empleadores no tenían el capital requerido para adaptarse a las normas de producción de la UE.  Es más, los nuevos miembros están sometidos a fuertes cuotas de producción.  El resultado final bien puede ser que los alimentos producidos en Alemania llenen las góndolas de los supermercados de Europa Oriental.

 

La supervivencia de muchas empresas industriales del CEE también es insegura.  Tendrán que adaptarse a las normas ambientales y de seguridad de la Unión, lo que les costará sólo durante el primer año 12 000 millones de dólares.  A medida que miles de europeos centro orientales pierdan sus empleos, se encontrarán con el cierre, que durará años, del mercado laboral del "núcleo" de la UE.  Tienen por delante un amargo futuro, si vamos a juzgar por lo ocurrido en la antigua Alemania Oriental.  Cada año, el gobierno alemán transfiere a la antigua Alemania Oriental con sus 17 millones de habitantes unos 60 000 millones de dólares, y aún así el desempleo en la zona duplica al del Oeste.  Los aproximadamente 75 millones de habitantes de los nuevos miembros de la Unión Europea ni siquiera pueden esperar que Bruselas les acerce la décima parte de ese nivel de apoyo.

 

¿Quién se beneficia ("cui bono"), entonces?  Alemania, claro.  Joschka Fischer, su Ministro de RR.EE., es un izquierdista, y ante todo considera la ampliación como un medio para "superar las ideologías y enfrentamientos nacionalistas" en el Este, que, dejado a sus propios medios, amenazaría la estabilidad de la propia Europa Occidental.  Pero el interés primordial de la comunidad empresaria alemana está centrado en beneficios más tangibles.  Desde que cayó el Muro, la República Federal se convirtió en el mayor socio comercial de Europa Centro Oriental: le corresponde un asombroso 45% del volumen del comercio entre la UE y sus 10 nuevos miembros.  El Instituto Económico Alemán de Colonia estima que la participación -en el total nacional- de las exportaciones alemanas a Europa Centro Oriental (9,2 %) iguala ya al de los EE.UU. (9,3%).  Sus inversiones directas en los ocho nuevos miembros alcanzan a 36 000 millones de dólares, la mitad de los cuales en sectores manufactureros como química y automóviles.  La Skoda, propiedad de Volkswagen, captura el 10% de las exportaciones de la República Checa, mientras que una sola planta de VW en Bratislava da cuenta de más de un quinto del comercio exterior de Eslovaquia.  La VW, la Siemens, y otras empresas alemanas aprovechan los costos laborales de un trabajador calificado en Europa Centro Oriental, un octavo de la cifra equivalente para un trabajador en Alemania.

 

En su nuevo libro (Vom Drang nach Östen zur peripheren EU-Integration [Del impulso al Este a la integración periférica a la Unión Europea]), el historiador Hannes Hofbauer hace notar que el sector empresario alemán seguirá obteniendo beneficios desproporcionados de la combinación de nuevos mercados y trabajo barato en la "nueva" Unión Europea, porque ya están bien afirmados en el área.  Para Hofbauer, la última ampliación de la UE tiene cierta continuidad con intentos anteriores de unificar Europa, y en especial con los intentos de expansión alemana posteriores a 1871.  "No hubo ruptura en 1945", dice Hobauer. "ni en lo que hace a las personas ni en lo que hace al contenido del proyecto."

 

Si de continuidades hablamos, entonces detectamos en el pensamiento alemán contemporáneo la misma visión anticuada de los "tres anillos de control" que tanto recuerdan los últimos años 30.  En su forma actual, se piensa en un anillo interior de miembros de la Unión Europea que no tienen completa igualdad (Polonia, Bohemia, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia), a los que sigue el anillo medio de miembros más distantes, nuevos y futuros (los países bálticos, Rumania, Bulgaria, Croacia), y un anillo exterior de países "intermedios", fuera de la Unión Europea, que aseguren un cordón sanitario en torno a Rusia (Ucrania, Moldavia, Belarus).

 

No se trata de ideas exclusivas de la anticuada derecha alemana.  El vicepresidente del principal grupo parlamentario, Gernot Erler del gobernante partido Social Demócrata (SPD) declaró el 5 de mayo que Ucrania,. Belarús y Moldavia tenían que "solidificar" sus relaciones con Europa.  Para ganarse el derecho a asociarse (aunque no como miembros de la UE), los países de "esta región de Estados intermedios entre Rusia y  la Unión Europea ampliada" deberían demostrar su buena voluntd para seguir las "recomendaciones" de la Unión Europea. En particular, afirmó que el presidente ucraniano Kuchma era el dirigente al que se le solicitaría mejor comportamiento.  Las autoridades polacas, agregó Erler, están en buenas condiciones para mantener el orden en la frontera de los Estados intermedios, teniendo en cuenta su "proximidad étnica" a la región intermedia, "lo que debería aprovecharse para organizar la frontera exterior de la Unión Europea".

 

Bismark hubiera estado de acuerdo.   También el Kaiser, y algunas figuras, menos agradables, del más reciente pasado alemán.  Su anticuada pero franca esquematización de una Östpolitik claramente alemana (más que "europea") ilustra el cliché, plasmado originalmente por Lord Acton, de que las naciones no tienen amigos ni enemigos permanentes, pero sí tienen intereses permanentes.  La continuidad de las ambiciones geopolíticas, las preferencias culturales y los apetitos económicos de las grandes potencias existen y guían sus pasos.

 

El comportamiento alemán en Europa central, la cuenca danubiana y puntos situados más al Este no se fundamenta en un gran esquema conspirativo (aunque en los Balcanes su duplicidad y mendacidad lleva años), sino en esas continuidades.  Alemania es la usina económica que podría dominar sus vecinos orientales, más débiles, más allá de las intenciones de sus dirigentes, o de sus planes.  Ya a principios de la década de 1940, la planificación de la segunda posguerra mundial ocupaba un importante lugar en varios sectores de la estructura nazi de poder, pero finalmente todo lo que tenía en común era la noción general de que había "anillos" de control que irradiaban desde Berlín y se extendían hacia el Este y el Sur. En principio, genera algo de confianza, y en este caso particular cierta incomodidad, descubrir que ciertas cosas no cambian jamás.

 

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Trifkovic escribe que un Kosovo independiente resultaría en "un estado criminal como no se ha visto desde la defunción del régimen talibán en Afganistán" justo en la frontera sur de Europa. Seguía diciendo que aunque la comunidad internacional comprensiblemente desea una "conclusión" al asunto Kosovo después de unos 7 años de control asumido por la ONU, un desenlace como la escisión de la provincia "convertiría en una farsa" algunas de las preocupaciones americanas más importantes en cuestiones de seguridad. "Será difícil encontrar otro ejemplo de un lugar en el que los gobiernos, que ven como su prioridad principal la guerra contra el terrorismo internacional, sean los que ayuden a un movimiento musulmán terrorista con un fuerte elemento yihadista a que dividan lo que es universalmente reconocido como parte de un estado soberano y que además destinen a la extinción al elemento cristiano que queda", dice Trifkovic. Dado el historial de persecución a los cristianos en Kosovo mientras han estado bajo la supervisión y protección de la ONU ¿qué se puede esperar de una provincia independiente administrada por políticos y fuerzas de seguridad musulmanes de Albania?